FUNDAMENTOS ESENCIALES DEL ENFOQUE HUMANISTA Y TRANSPERSONAL (Alejandro Celis H.)

29.07.2013 17:38

Instituto de Expansión de la Consciencia Humana

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Como movimiento cultural, el Humanismo antecede en muchísimos años a la aparición de la psicología y es mucho más amplio que ésta. La ciencia psicológica que conocemos como tal surge originalmente ligada a la Filosofía, y es una de las diferentes expresiones del espíritu humanista propio del Renacimiento. Por su parte, la Psicología Humanista -que es conocida también bajo otros nombres, como por ejemplo, Tercera Fuerza o Movimiento del Potencial Humano, entre otros- emerge mucho tiempo después. Sus inicios se encuentran en los Estados Unidos, en la época posterior a la Segunda Guerra Mundial. Por entonces, surge un movimiento fundamentalmente académico de discrepancia con los postulados del psicoanálisis y el conductismo. Más tarde, a partir de los años 60, el movimiento toma auge y alcanza los ámbitos de la psicoterapia, el cambio personal y las búsquedas religiosas o de autodesarrollo. Así, la Tercera Fuerza forma parte de un movimiento de contracultura mucho más amplio que buscaba romper con lo establecido, rebelándose contra el conformismo y el materialismo que caracterizó a la generación que padeció la Gran Depresión.

 

Los movimientos y terapias que se inscriben dentro de la Psicología Humanista quedan representados por una gran cantidad de personas con posturas, lenguaje e incluso técnicas diferentes, siendo difícil plantear un modelo teórico único en sus bases. Lo que los autores del movimiento Humanista comparten es un concepto del ser humano y su desarrollo, una cierta forma de concebir y practicar la psicoterapia y una fuerte crítica hacia las teorías psicológicas imperantes al momento de su gestación (Chacón y Winkler,1991; Kalawski, 1992).

 

Detrás de la variedad de nombres que tomó la psicoterapia humanista está la certeza de que los nombres son limitados para describir su espíritu. A pesar de esta multiplicidad, la psicoterapia humanista es una realidad coherente, aún cuando es importante considerar que parte del espíritu humanista es la resistencia a las definiciones estrictamente lógico-racionales.

 

 

INICIOS

 

Con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial, cuando el psicoanálisis gobernaba sin ningún contrapeso las prácticas en psicoterapia y el conductismo era el rey indiscutido de la psicología académica, surge -liderada en su ordenamiento teórico por Abraham Maslow- la psicología Humanista. Al considerársela en sucesión al Psicoanálisis y al Conductismo es por lo cual también se la denomina Tercera Fuerza.

 

En lo académico, la psicología Humanista comienza a salir a la luz como tal alrededor de los años 50, con conocidos autores como Carl Rogers, Fritz Perls, Víktor Frankl, Rollo May, Aldous Huxley, Alan Watts y el ya mencionado Maslow. Ya en esos años, ciertos psicoanalistas -llamados "culturalistas"- habían empezado a disentir del tronco más ortodoxo del psicoanálisis. Entre estos autores se contaban Sullivan, Karen Horney y Erich Fromm (Suzuki, D.T. y Fromm, E, 1964). Las rupturas con el psicoanálisis se habían iniciado con Carl G. Jung, Alfred Adler, Víktor Frankl y, posteriormente, Wilhelm Reich, precursor de las actuales terapias corporales. Adler es de los primeros autores que enfatizan las variables sociales y también la dimensión de lo consciente. En cuanto a Jung, es considerado por la psicología transpersonal como uno de sus primeros representantes -junto con Víktor Frankl-: su interés por lo trascendente es anterior al surgimiento del movimiento transpersonal, y fue una de las causas principales de su rompimiento con Freud.

 

A partir de los años 60, en los principales paises de Occidente comienza a observarse un fenómeno socio-cultural que adquiere expresión en las artes, la educación, la filosofía, la política y la psicología. Es la época del amor libre, de cambios en la relación hombre-mujer, del rechazo de los jóvenes a participar en la guerra de Vietnam, de protestas estudiantiles, de reformas educacionales, en fin (Celis, A., 1990). Se vive, en Estados Unidos y algunos países de Europa, un ambiente de búsqueda, de idealismo y revolución, que pretende restaurar el espíritu humanista del Renacimiento al poner al hombre como centro de la preocupación humana.

 

Los acontecimientos desencadenados en la década de los sesenta son captados y se manifiestan en forma importante en la psicología y en la psicoterapia. La psicoterapia Humanista surge como una verdadera revolución que responde al pulso cultural de la época, y recoge las semillas plantadas en la década anterior. Su auge se manifiesta principalmente en los Estados Unidos, y desde allí se difunde progresivamente a otros paises occidentales. El Movimiento del Potencial Humano desborda, de muchas formas, los límites que hasta entonces demarcaban el quehacer en psicoterapia.

 

En primer término, como decíamos al comienzo de este artículo, sus propuestas se basan en un concepto diferente del hombre. El postulado humanista afirma que dentro de cada persona está contenida la sabiduría necesaria para alcanzar un estado de salud óptima; que todo ser humano tiene, dentro de sí, la capacidad de saber lo que necesita para activar y realizar su potencial. Es lo que Rogers llamó valoración organísmica (Rogers, C.R., 1964), una capacidad que tiene el organismo -la totalidad del ser humano: mente, cuerpo, emociones, espíritu-, como un todo, de “valorar” cada experiencia como enriquecedora o no enriquecedora para sí, en ese momento particular. Este reconocido autor rompe con el autoritarismo que es herencia del modelo médico y que regía hasta entonces la relación paciente-terapeuta. Encontramos huellas de este revolucionario planteamiento en el campo de la educación, en el currículum conocido como educación personalizada, en la moderna psicología laboral, en el entrenamiento en relaciones humanas, etcétera. Con el correr del tiempo, éste será uno de los principios que caracterizará más nítidamente al enfoque humanista en psicoterapia. Los terapeutas se concebirán a sí mismos como compañeros o "catalizadores" del proceso que está ocurriendo en sus pacientes, en lugar de sus causantes.

 

En concordancia con el supuesto de la sabiduría organísmica, los teóricos se abocan a la tarea de descubrir los mecanismos mediante los cuales el potencial o sabiduría interna ha quedado alienada y, consecuentemente, la forma a través de la cual el contacto pueda restablecerse. Este potencial, al ser descubierto y activado, es lo que permitiría que las personas alcancen una calidad de vida más saludable, creativa y amorosa. La terapia Guestáltica -otra de las escuelas que nutren y conforman a la psicología humanista- postula como su objetivo lograr en el paciente el libre funcionamiento, el que se produce espontáneamente una vez que los obstáculos impuestos por el condicionamiento han sido removidos (Latner, J., 1994), tal como un río fluye libremente cuando removemos los obstáculos que alteran y dificultan su curso.

 

Amén del concepto de valoración organísmica, otro concepto central es el de consciencia, término que tiene diferentes acepciones. La más común es la de “consciencia moral”: por ejemplo, hablamos de que “nos remuerde la consciencia” cuando hemos hecho algo indebido. Otra acepción es de tipo fisiológico: hablamos de mayor o menor consciencia en términos de grados de activación de la corteza cerebral, que van desde el estado de coma hasta los estados de alarma para luchar o huír. Una tercera acepción es la de “tener consciencia de”: es decir, darnos cuenta de algo (be aware of). El término inglés awareness ha sido comúnmente traducido al español como “darse cuenta”, y alude a la facultad -destacada especialmente por la línea Gestáltica- de vivenciar o percibir algo y ser, simultáneamente, capaces de ser conscientes de estar vivenciando o percibiendo. La Gestalt trabaja fundamentalmente el desarrollo de esta capacidad en las personas, puesto que establece una relación prácticamente lineal entre mayor consciencia (o darse cuenta) y salud psicológica.

 

Finalmente, el misticismo -y en psicología, el enfoque Transpersonal- también entiende consciencia como la energía Universal, la materia prima de todo lo existente y, por ende, también de nosotros los seres humanos. Los enfoques místicos hablan, también, de niveles de consciencia: muy someramente, este concepto alude a que, dependiendo de nuestro grado o nivel de awareness o darse cuenta, podemos experimentar una misma realidad de diferente forma; esta percepción será más refinada y amplia y el estado subjetivo del receptor será más gratificante y saludable mientras más elevado el nivel de consciencia.

 

Un tercer concepto central del Humanismo es el de responsabilidad, que alude a que, independientemente de nuestro condicionamiento, de la situación externa, de las demás personas y de cualquier situación o evento externo, estamos constantemente eligiendo nuestra forma de actuar o de reaccionar frente a esas realidades externas. Esto implica que no estamos presos del condicionamiento, ni nadie ni nada nos puede obligar a actuar de un modo determinado -a no ser por la fuerza- o a sentir algo determinado. La historia de Víktor Frankl (1984) en un campo de concentración nos demuestra que tenemos algún grado de control sobre lo que nos pasa -lo que sentimos y cómo reaccionamos en una determinada situación-. Y esto resulta ser muy importante, en la medida de que típicamente, el neurótico cree ser víctima de todo lo que le ocurre. Si la persona se hace responsable -es decir, dice “Tengo distintas opciones en esta situación, y elijo libremente ésta”- adquiere un grado de libertad interna desconocido hasta entonces. Cuando nos hacemos responsables de nosotros mismos, podemos además descubrir que nuestras actitudes moldean la vida que llevamos a cada instante: la forma como enfrentamos cada situación, qué estamos queriendo de una situación determinada y lo que finalmente obtenemos de esa situación (Celis, A., 1990).

 

El mismo Frankl expresa una concepción radical de la responsabilidad: “El hombre está sujeto a condicionamientos, sean éstos biológicos, psicológicos o sociales. Pero Frankl proclama la libertad como una cualidad exclusivamente humana, que permite superar todo límite biológico, psicológico o ambiental. El hombre, por efecto de esta libertad, puede distanciarse de cualquier situación e incluso de sí mismo; es capaz de escoger su actitud hacia sí mismo, porque es capaz de levantarse por encima de todo fenómeno condicionante. El hombre, por la libertad de su voluntad, es "libre de...", lo cual le hace capaz de autodistanciamiento. Esta libertad, según Frankl, está íntimamente ligada a la responsabilidad; de hecho, el hombre es libre de... y al mismo tiempo, "libre para...", porque el hombre es responsable en cuanto a la realización de los valores (Bazzi, T. y Fizzotti, E., 1989).

 

Ilustraremos el concepto de responsabilidad a través de la psicoterapeuta Alyce Green -quien une su enfoque Humanista-Transpersonal con sus técnicas de biofeedback-, quien así describe lo que hace: “Mostramos al paciente cómo nuestros pensamientos y emociones impregnan el sistema nervioso y determinan nuestro estado de salud a través del sistema límbico, hipotálamo, pituitaria, y destacamos que este proceso está ocurriendo todo el tiempo, ya sea con resultados beneficiosos o dañinos. Insistimos en el hecho de que es natural para el cuerpo sanarse y estar bien, y que nuestras mentes pueden jugar un rol importante en crear y mantener la salud. Discutimos la importancia de elegir: que nos es posible elegir retener un pensamiento o una emoción en lugar de otra. Son la ansiedad, la ira, la frustración, la desesperanza retenida por largo tiempo las que conducen a la enfermedad psicosomática. Estar de buen humor, amar y reírse nos llevan a un estado psicosomático saludable. Es a través de nuestra elección que nos desplazamos hacia la enfermedad o el bienestar". (Green, A., en Grof, S., 1991).

 

En segundo término -además de un concepto diferente del hombre-, para el movimiento humanista el curar enfermedades sólo es una parte de la potencialidad del trabajo clínico. Con el advenimiento de la psicoterapia humanista, promover el desarrollo del ser humano constituye por primera vez una meta de la psicoterapia. Autores como Abraham Maslow y Anthony Sutich -quienes echaron las bases teóricas de los postulados de la Psicología Humanista- expresan que lo más característico de ella es la búsqueda y la activación del potencial que en el ser humano existe, más allá del estar libre de la enfermedad.

 

Hasta el surgimiento de este movimiento, el Psicoanálisis había generado un abundante cuerpo de conocimiento y técnicas de tratamiento que se originaban en la anormalidad psicológica: es decir, en las patologías afectivas y conductuales. Quizás la diferencia más importante de la Tercera Fuerza con dicho movimiento, es que por primera vez la ciencia de la conducta basa sus observaciones y desarrolla un modelo para definir al hombre sano o "realizado"; es decir, aquél que vive más en concordancia con su verdadero potencial. Es precisamente la búsqueda de esta concordancia consigo mismo la meta fundamental del enfoque humanista.

 

El Conductismo, por su parte, si bien no había enfatizado lo patológico, tampoco habla del hombre sano o realizado, ya que se coloca en una postura "objetiva", sin pronunciarse sobre diferencias cualitativas que vayan más allá de lo adaptado o desajustado.

 

En tercer término, el Humanismo también rompe el esquema prevaleciente de la psicoterapia, definida como una relación individual basada fundamentalmente en un intercambio verbal entre un profesional "científico" y su paciente. Un verdadero hito de vanguardia en la psicoterapia humanista lo marca Esalen, un centro residencial de educación holística dirigida a adultos, creado en el espíritu de las enseñanzas de Aldous Huxley (1962). El Centro sigue funcionando en la actualidad, y se encuentra ubicado en la costa de California; fue allí donde Perls, el conocido padre de la psicoterapia gestáltica (Perls, F., Hefferline, R. y Goodman, P., 1973; Perls, F., 1976) populariza una forma de hacer terapia donde el presente y la consciencia de sí mismo en ese presente es la fuente de donde emerge la solución terapéutica. La biografía del paciente pierde completamente su importancia. La palabra es menos importante que el lenguaje del cuerpo o del símbolo manifestado en el sueño. La confrontación en el aquí y ahora con el personaje fantasma de la propia historia, la interacción entre las partes del cuerpo o del psiquismo, la identificación con cada uno de los elementos y personajes del sueño y otras técnicas, reemplazan la enorme cantidad de horas que el psicoanalista ocupaba en interpretación y elaboración de la historia personal.

 

El mismo Perls, Will Schutz (1967) y Carl Rogers (1970) entre otros, hacen populares los grupos de encuentro y las “maratones” -terapias de grupo intensivas: por ejemplo, un fin de semana completo-. Un número considerable de personas llegan a experimentar ambas modalidades, en variadas experiencias de transformación psicológica. En las maratones, la técnica de una sola gran sesión incorpora el elemento de intensidad y concentración como herramienta de facilitación y potenciación del trabajo psicológico. Lejos queda el modelo tradicional, que define a la psicoterapia como un proceso individual de duración variable y que termina sólo por la remisión del síntoma o el abandono de la terapia por parte del paciente.

 

Asimismo, las técnicas no verbales comienzan a tomar su lugar en la psicoterapia. Algunos autores (Lowen, A. 1976; Rolf, I., 1977; Orr, L. y Ray, S., 1977) desarrollan sus prácticas para el trabajo con el cuerpo como asiento del síntoma y la actitud neurótica, algunos de ellos -especialmente Lowen- basados en las enseñanzas de Wilhelm Reich. Virginia Satir (1972) y nuevamente Perls incorporan técnicas dramáticas a la psicoterapia, y discípulos de los europeos R. Assagioli (1976) y R. Desoille (1975) utilizan la imaginación como un espacio equivalente a lo real para la intervención psicológica.

 

En cuarto término, además de romper la estructura tradicional del setting y de cuestionar la necesidad del uso de la palabra como vehículo de la intervención y del cambio terapéutico, la Tercera Fuerza amplía sustancialmente el espectro de los artífices o terapeutas. Educadores, escritores, psicólogos sociales, masajistas, artistas, terapeutas corporales, bailarines y místicos enriquecen la técnica terapéutica y empiezan a formar parte de los nuevos agentes de cambio.

 

Un último elemento que ahonda la brecha con la terapia tradicional es aportado por las investigaciones de John Lilly (1972), Claudio Naranjo (1994a) y Stanislav Grof (1975), entre otros, quienes comienzan a utilizar sustancias psicotrópicas en la exploración y el trabajo psicológico, precedidos por el ya mítico Timothy Leary. Quienes experimentan con estas drogas -las que reciben diferentes nombres: psicodélicas, psicotrópicas o alucinógenas, e incluyen el LSD, la mescalina, la psilocibina y el MDA entre las más importantes- descubren la existencia de realidades diferentes a la realidad ordinaria, sin que se produzca la temida dependencia física característica de otras sustancias -especialmente, los derivados de la amapola-. Uno de los pioneros en trabajar el potencial de autodescubrimiento de estas sustancias es el literato Aldous Huxley, quien ensalzó sus propiedades (Huxley, A., 1956, 1962a, 1982) e incluso pidió ser inyectado con LSD en sus últimas horas de vida, de modo de morir en forma enteramente consciente (Huxley, L., 1968). El hecho de que la "realidad" no sea "la" única realidad (Ornstein, R.E., 1979) constituye un aspecto fundamental del espíritu de la época: muchos llegan a establecer que el concepto de responsabilidad -el que, como ya dijimos, es central en la psicoterapia Humanista- refleja el hecho de que somos también responsables por el tinte y la amplitud con el cual vemos el panorama interno y externo (Celis, A., 1990, 1993).

 

La constatación de la imposibilidad del acceso directo a la realidad es un aspecto fundamental de otros desarrollos importantes en las ciencias sociales y en la psicoterapia, que podríamos considerar parientes cercanos del enfoque Humanista -tales como los aportes de Bateson, Watzlawick y Milton Erickson-, y que dan base a formas muy distintas de entender la psicoterapia. Los biólogos chilenos Humberto Maturana y Fernando Varela han desarrollado una aproximación epistemológica que permite entender no sólo las explicaciones científicas sino otros temas, como la política, el amor, el juego o el patriarcado (Maturana, H., 1991; Maturana, H. y Verden-Zöller, G. 1993). Los aportes del Dr. Maturana, desde una perspectiva que se aleja de los terapeutas humanistas clásicos, termina coincidiendo finalmente con ellos.

 

A las innovaciones anteriores en relación con la terapia se agrega este nuevo elemento, que es un rompimiento mucho más fundamental que los otros por su poder cuestionador de lo hasta entonces aceptado como relación, contexto y alcance de la terapia. Este fenómeno constituye a su vez una de las matrices que da a luz un poco después a la Cuarta Fuerza -o Psicología Transpersonal-.

 

 

 

FUNDAMENTOS DE LA PSICOLOGIA HUMANISTA

 

Como hemos dicho, existe una gran diversidad de grupos, terapeutas, escuelas, estilos y técnicas humanistas. Pero detrás de todo ello subyace un espíritu común que le otorga unidad y que es a la vez fundamento de dicha diversidad (Kalawski, A., 1992).

 

Este espíritu común se basa en la constatación de que en el hombre se manifiesta un desorden básico que consiste en la separación de su verdadera naturaleza. Sin embargo, la naturaleza esencial estaría siempre presente, esperando emerger y así restaurar el orden natural. Esta constatación se expresa en diversos énfasis y metas fundamentales, todos interrelacionados entre sí, y que pueden ser enumerados para una mejor comprensión (Kalawski, A., op cit.). Estos son:

 

 

1. Confianza en la Naturaleza y búsqueda de lo Natural.-

 

La naturaleza humana expresa una sabiduría mayor, que es la sabiduría del Universo. El ser humano -como expresión de ella- debe encontrar su lugar en el mundo, viviendo en armonía con la totalidad de la que forma parte sin intentar controlarla, dominarla o explotarla. En el campo de la psicoterapia, ello se expresa en que la actitud más importante que los terapeutas intentan promover en ellos y en sus pacientes es una aceptación incondicional de lo que somos para que en lugar de intentar ser lo que no somos nos permitamos ser cada vez más lo que somos.

 

 

2. Enfasis en la expresión de lo Personal y Unico en el desarrollo de la creatividad y la capacidad de juego.-

 

La Terapia Humanista considera como una de sus tareas fundamentales la de desarrollar en nosotros mismos y de fomentar en los demás la actualización de la forma única que somos. Por ello, se tiene especial cuidado con los conceptos de "normal" y "anormal". El objetivo es impedir patologizar la diversidad que es característica a los seres humanos. Por otra parte, mediante el desarrollo de la capacidad creativa y de juego podemos explorar en nosotros formas de expresión hasta ahora desconocidas -por haber ido quedando relegadas en favor de lo aceptado social y culturalmente-, y así ampliar los límites que estrechan nuestra identidad condicionada por nuestra biografía. Esta posición ofrece un contrapunto esencial a la tendencia uniformadora de la presión social, de la que la educación es uno de sus máximos agentes.

 

 

3. Reconocimiento de las limitaciones de la Consciencia Normal.

 

Como se dijo anteriormente, la consciencia que hasta ahora había sido considerada como la "normal", comienza a ser reconocida sólo como un estado de consciencia posible, cuya característica es la de filtrar, separar e inhibir el conocimiento de lo potencialmente perceptible a una estrechísima franja de éste. La Psicología Humanista alienta, entonces, la búsqueda y el cultivo de otros estados de consciencia hasta ahora descalificados por la psicología tradicional, al considerárselos propios de estados de patología. Aquí, las religiones Orientales y las disciplinas meditativas han significado un importante aporte a la exploración de los límites de la consciencia, y han formado parte de la vertiente que nutre a la Psicología Transpersonal o Cuarta Fuerza (Naranjo, C. y Ornstein, R.E., 1971).

 

 

4. Trascendencia de la Identidad Personal Egoica y reconocimiento y aceptación de la Totalidad que somos.

 

La Terapia Humanista promueve la ampliación de los límites impuestos a la identidad, con el fin de incorporar y reconocer como propias también aquellas partes que el proceso de socialización y adaptación han ido "desheredando" en beneficio de las deseables. El objetivo de este proceso es el de favorecer la liberación de la enorme cantidad de energía que queda cautiva al servicio de mecanismos de represión, negación o bloqueo, y que causa un drástico empobrecimiento del verdadero potencial del ser humano.

 

5. Superación de la escisión Mente-Cuerpo. Reconocimiento de la comunicación con y desde el cuerpo.

 

Los últimos dos milenios de cultura judeo-cristiana han relegado al cuerpo a un plano secundario; los descubrimientos científicos, por su parte, han contribuído a concebir el cuerpo como poco más que una maquinaria manipulable a través de la tecnología. Esta actitud debe ser contrarrestada para alcanzar los planos humanos superiores del espíritu, la mente y el pensamiento racional. La división mente-cuerpo ha alcanzado niveles críticos, los que tiñen nuestra cultura de otra serie de polaridades alienantes, como sexo-espíritu, animal-humano, pecador-inocente, etc, y como consecuencia de ello nuestra experiencia emocional se ha ido llenando de sentimientos tales como vergüenza y culpa relativas a las funciones corporales.

 

Para el enfoque Humanista existe, por el contrario, una unidad fundamental mente-cuerpo. Nuestra alienación, por lo tanto, también se expresa y puede ser modificada a través de tomar consciencia de nuestro cuerpo como una fuente inagotable de información acerca de cómo somos, qué sentimos, e incluso qué nos acontece más allá de nuestra consciencia.

 

 

6. Reequilibrio entre Polaridades y revalorización de lo emocional, lo intuitivo, lo interno y el lenguaje del hemisferio derecho.

 

Cada cultura define lo que es deseable y los marcos dentro de los cuales deben tener lugar las expresiones de sus miembros. La nuestra, por ejemplo, favorece el desarrollo del hemisferio lógico/izquierdo, desalentando al mismo tiempo la expresión del hemisferio intuitivo/derecho. Prioriza lo externo y lo manipulativo en desmedro de lo interno, lo receptivo y lo contemplativo; lo analítico por sobre lo sintético, lo racional por sobre lo emocional, intuitivo o analógico.

 

Por su parte, la terapia Humanista cultiva preferentemente el lenguaje del hemisferio derecho, a través del uso de imágenes, analogías y metáforas, al considerarlo el lenguaje natural para expresar los contenidos propios del mundo interno (Kalawski, A., 1978, 1992).

 

Este énfasis no pretende disminuir la importancia del otro lenguaje. De acuerdo con el espíritu Taoísta, el símbolo yin-yang es una magnífica ilustración de la forma en que la psicología Humanista visualiza las polaridades:

 

 

 

 

cada una de ellas, si bien se halla separada de la otra -zonas negra y blanca de la figura-, contiene la semilla del aparente contrario -el punto blanco en la zona negra y viceversa-. Es así que, a diferencia de como vemos en Occidente a las polaridades -como opuestos irreconciliables: mal/bien, Dios/Diablo, etc- el Taoísmo las considera como aparentes opuestos que, si bien se diferencian, danzan y se complementan armónicamente la una a la otra. Una ocupación importante de esta psicología es la integración armónica de las partes o polaridades, las que se conciben como inherentes a la naturaleza humana. Tal integración no será de ninguna manera una búsqueda de homogenización, sino que una aceptación y comprensión de todas nuestras facetas, de todo aquello que somos: lo desconocido, lo olvidado, lo reprobado y aún lo vergonzoso.

 

 

7. La Mente Condicionada: obstáculo que debe ser sorteado.

 

Una polaridad que ha recibido especial atención es la de la mente versus las emociones (o sensaciones). La terapia Guestáltica, en particular, ha enfatizado la noción de reducir el énfasis que otorgamos en forma cotidiana a la mente condicionada. La frase de Perls, “deja la mente y recobra tus sentidos” refleja esta actitud: pensamientos, racionalizaciones, juicios, recuerdos, clichés, charlas acerca de las cosas, son contenidos de la consciencia que, según Perls, actúan como gatillos para fijar los problemas, más que resolverlos.

 

La Psicología Humanista -en particular, la Gestalt- ha desarrollado técnicas semejantes a las prácticas tradicionales de meditación conocidas en Oriente, con el fin de liberar a la mente de sus contenidos condicionados. Con prácticas tales como el continuo de consciencia o continuum del darse cuenta -es decir, la permanencia fiel y alerta en todo lo que se experimenta aquí y ahora- (Stevens, J., 1976) la persona ampliará sus márgenes de percepción habituales y estimulará procesos creativos "organísmicos" que estaban sepultados bajo lo conocido. El continuo del darse cuenta se asemeja a las prácticas tradicionales de meditación conocidas en Oriente, las que tienen la finalidad de liberar a la mente de sus contenidos condicionados. Tanto el continuum como las técnicas de meditación son utilizadas indistintamente por terapeutas Humanistas o Transpersonales, según su enfoque o el contexto al que se enfrenten.

 

8. Comunicación Personal YO-TÚ en la que se expresan y reconocen las perspectivas subjetivas en su calidad de tales.

 

La Psicología Humanista asume que los seres humanos tienden a convertir lo que perciben, sienten, piensan o recuerdan en lo que las cosas son. Esto crea una barrera comunicacional entre las personas, y también al interior de ellas. Por lo tanto, la psicoterapia busca desarrollar la capacidad de comunicar las percepciones personales, reconociéndolas como tales; y, al mismo tiempo, valorar y reconocer las del otro, aceptando su misma cualidad subjetiva.

 

 

 

LA PSICOLOGIA TRANSPERSONAL

 

El gigantesco caldo de cultivo que fueron los años 60 permitió el florecimiento de una gran cantidad de formas de terapia que se inspiraron en las mismas bases revolucionarias. Sin embargo, algunos años después la Asociación de Psicología Humanista (A.H.P.) le quedó estrecha a muchos buscadores cuyas inquietudes eran más radicales (Celis, A., 1990).

 

La apertura de Oriente permitió la toma de contacto con las enseñanzas de filósofos y pensadores desconocidos. G. I. Gurdjieff es muchas veces mencionado como “el primer emisario de Oriente a Occidente”; su discípulo, P. Ouspensky, le ayuda a divulgar su labor a través de libros mundialmente reconocidos, especialmente en Europa y luego en USA; diversos maestros, como Paramahansa Yogananda, o del Budismo Zen como D.T. Suzuki, dictan conferencias o emigran a los Estados Unidos, y un número indeterminado de otros maestros -principalmente hindúes- son visitados por los buscadores en sus respectivas comunidades. Por otra parte, antiguos textos conteniendo sabiduría china -como el I Ching y el Tao Te King-, o hindú -como el Bhagavad Gita- son traducidos al inglés y otros idiomas europeos, facilitándose así su acceso al público de Occidente.

 

Las enseñanzas de los Maestros orientales ofrecían modelos del funcionamiento psicológico completamente desconocidos en el mundo de la ciencia occidental. Estas enseñanzas son conocidas hace miles de años en sus respectivas tradiciones, y el origen de algunas de ellas se pierden en la nebulosa de los tiempos. Estos modelos psicológicos incluyen conceptos tales como niveles de consciencia, niveles del ser, disolución de la identidad, ego y esencia, maya o ilusión, mecanicidad, totalidad, unidad cósmica, trascendencia, chakras, energía, etc., y muchos de ellos aluden a aspectos de la experiencia humana que escapan a los límites estrechos del condicionamiento individual y cultural.

 

Sumado a lo anterior, las personas que se internaron en el camino de la meditación con técnicas traídas del Oriente, que experimentaron con drogas psicodélicas o que se sometieron a las disciplinas dictadas por las enseñanzas de diversas escuelas místicas tuvieron experiencias que abrieron un horizonte nuevo en el conocimiento, la investigación y la exploración interior: vivencias y percepciones de trascendencia, unidad cósmica y otros fenómenos que cuestionaban en lo esencial la creencia de que cada individuo se halla separado del resto. Tales experiencias habían sido descritas siglos antes por religiones orientales como el Hinduísmo, el Budismo, el Taoísmo, el Zen, o la tradición Sufi (Celis, A., 1990).

 

Ocurre entonces que, nuevamente liderados por Maslow en lo teórico, se funda la Asociación de Psicología Transpersonal. Lo Transpersonal es aquello que se halla más allá (trans) del ego o lo condicionado (persona o "máscara"). Es decir, quién o qué es el ser en lo esencial.

 

Actualmente, los principales expositores vivos de esta línea dentro de la psicología académica son, -entre otros- Frances Vaughan, Stanislav Grof, Charles Tart, Ken Wilber y el chileno-norteamericano, Dr. Claudio Naranjo. Este último tiene gran importancia para nosotros, por ser un inspirador de paternidad reconocida por la mayor parte de los terapeutas humanistas y transpersonales de nuestro país. Más allá de lo académico subsisten, sin embargo, contemporáneos que afirman haber alcanzado altos niveles de consciencia y que comparten su visión con quienes desean escucharles. Algunos ejemplos de esto son los exponentes de la tradición Budista Tibetana, Paul Lowe, (1996, 1998), Barry Long (1983), Bernadette Roberts (1982), Franklin Merrell-Wolff (1983a y b) y el ya mencionado Oscar Ichazo (1972, 1982). También existen autores que afirman ser “vehículos” a través de los cuales se comunica información provenientes de los niveles superiores de consciencia del Universo. Ejemplos de esto son el canadiense avecindado en Chile Tom Heckel (Celis, A., 1993) y Neale Donald Walsch (1995, 1997, 1998).

 

 

APORTES ESENCIALES DEL MODELO TRANSPERSONAL

 

(1) El anhelo de sentido y de trascendencia.-

 

Junto con la búsqueda instintiva de seguridad y predictibilidad con que nuestro cuerpo, nuestra mente y emociones parecen venir programadas, parece existir en el ser humano un afán por explorar, por aventurarse, por adentrarse en lo desconocido. Una vida cómoda, segura y predecible no nos basta: como dice Octavio Paz, “el Hombre tiene nostalgia de infinito”. Si bien esta tendencia no es enteramente consciente en los individuos -ni tampoco lo es la búsqueda religiosa-, sí es una tendencia compartida la búsqueda de sentido en nuestra vida. Según Oscar Ichazo, este anhelo es la expresión de la búsqueda espiritual en la psique humana. Tenemos entonces que es posible que en alguien que se sienta enteramente ateo -al no identificarse con ninguna de las religiones establecidas- sigue estando presente este deseo de hallar sentido y significación a su propia existencia, el que puede hallar en su trabajo, su relación de pareja o algún propósito trascendente que le otorgue a su vida.

Una perspectiva similar -y con la cual los psicoterapeutas se hallan más familiarizados- es la de Víktor Frankl, creador de la Logoterapia. Frankl define la Logoterapia como "la terapéutica mediante el Logos, mediante el sentido" (Frankl, V., 1982). En otra publicación, señala: "La reflexión psicoterapéutica sobre el logos equivale a la reflexión sobre el sentido y sobre los valores. La reflexión psicoterapéutica acerca de la existencia supone reflexión sobre la libertad y la responsabilidad" (Frankl, V., 1987). Frankl está convencido de que hay siempre un sentido de la vida en cuya búsqueda va el hombre. Depende de él emprender la realización de este significado. El hombre tiene la responsabilidad de dar la respuesta justa a una pregunta, de hallar el significado justo de una situación. Por esto la consciencia es la gran guía, la guía más adaptada al comportamiento del hombre; de hecho, es la capacidad intuitiva la que descubre el significado único y singular escondido en cada situación (Bazzi, T. y Fizzotti, E., 1989).

 

 

(2) Un nuevo concepto de la neurosis.-

 

En los Fundamentos de la Psicología Humanista, mencionábamos que en el hombre se manifiesta un desorden básico que consiste en la separación de su verdadera naturaleza. No son sólo los neuróticos o los psicóticos los enfermos. Salvo unas pocas almas "despiertas" el resto de los mortales somos víctimas del sufrimiento, que es parte de la condición humana que no respeta categorías o clases de este mundo. Lo que nos hace diferentes son nuestras circunstancias, nuestra historia y los determinantes constitucionales. La interacción de ello determina la forma que eventualmente tomará nuestro intento de olvidar o disfrazar la pérdida del ser. Ese disfraz es el ego, la personalidad. Una implicancia muy relevante de este hecho es que las personas quedamos definidas en una condición de igualdad -y por lo tanto, de humildad-; todos caminantes que vamos recorriendo distintas fases del camino. En este camino, cualquiera puede ser maestro potencial de otro.

 

Para la corriente humanista-transpersonal, la ausencia del amor verdadero es el canal que permite la perpetuación y la transmisión de una generación a otra de este desorden. A causa de la experiencia amenazante del des-amor, el ser verdadero se "oscurece" y entonces, la persona oculta primero y luego olvida esa pérdida de ser detrás de la estructura del ego. La solución neurótica resultante dependió de la interacción de factores constitucionales y situacionales.

 

El eneagrama es un mapa del carácter que describe nueve tipos de automatismos caracterológicos o "eneatipos". Cada eneatipo se caracteriza por un defecto cognitivo o idea irracional específica (la fijación) y un defecto de naturaleza emocional, también específico (la pasión). Este mapa es un modelo psicológico recibido de una escuela del Oriente Medio cuyo origen data de miles de años. Fue traído por primera vez a Occidente (y a Chile) por Oscar Ichazo, fundador del Instituto Arica (Ichazo, O., 1972). Allí recibió la enseñanza el Dr. Claudio Naranjo, quien con el correr de los años se ha transformado en el principal estudioso y difusor del Eneagrama (Naranjo, C., 1990, 1994, 1995). Importante característica y virtud de este sistema de tipificación de la personalidad consiste en que también es una herramienta de trabajo que puede ayudar al buscador a trascender las limitaciones que le imponen sus condicionamientos.

 

 

(3) Redimensión de las metas y herramientas del trabajo terapéutico.-

 

En las escuelas psicológicas tradicionales, el aspecto central de un individuo es su personalidad o ego condicionado, que la psicología transpersonal define como una parte del ser total que usurpa el lugar de la totalidad mediante la identificación selectiva. Las psicologías tradicionales han dado un lugar central al estudio de la personalidad, y por lo común se considera que la salud está vinculada estrechamente a una modificación de ella. La perspectiva transpersonal más cercana a las prácticas meditativas budistas concibe a la personalidad como uno de los aspectos del ser, estimándose que la salud implica principalmente un apartamiento de la identificación exclusiva con ella, más que su modificación.

 

Otras corrientes transpersonales -vinculadas, por ejemplo, al yoga o a la tradición sufi- consideran que la personalidad debe ser modificada (ya que nunca podría disolverse) para que se sitúe en el lugar que le corresponde dentro de la economía del ser, antes de que éste pueda ocuparse o realizar su naturaleza superior. El interés del movimiento transpersonal se centra en aquellas fuerzas que están ocultas u "olvidadas" en el hombre corriente, así como en su esencia o su naturaleza más profunda -la que nunca puede ser aniquilada, pero que sí resulta oscurecida por el ego-.

 

Hasta el advenimiento de la psicología transpersonal, el trabajo en el nivel psicológico era la meta de la psicoterapia. A partir de entonces, la psicoterapia se ilumina de un espíritu que le da profundidad y sentido de trascendencia a la exploración: un por qué o para qué, más allá de aminorar el sufrimiento inmediato. En palabras de C. Naranjo: "Cualquiera que reconozca plenamente la esclavitud psicológica de las pasiones sentirá un deseo de liberación alentado por la intuición de una libertad espiritual". El trabajo en el nivel psicológico puede homologarse a la reparación de una máquina dañada, para que al ser restaurada quede en condiciones de permitir el contacto con lo trascendente. Para los transpersonales, la meta del trabajo psicológico es básicamente el "despertar" a la consciencia superior. Ello significa alcanzar niveles del ser que le darían unicidad, lo liberarían del sufrimiento y lo harían dueño consciente de su vida.

 

Otra "herramienta" terapéutica incorporada al bagaje del terapeuta transpersonal es el amor. Si el des-amor es reconocido como la causa más importante- si no la única- del sufrimiento, no es de extrañar entonces que sea insistentemente mencionada como una herramienta sanadora y restauradora del equilibrio organísmico. Se dice que las personas que alcanzan una consciencia superior, experimentan una cualidad de amor compasivo hacia sus semejantes. El Buda, Cristo y otros grandes maestros reconocidos por las tradiciones espirituales así lo atestiguan. Algunos místicos, como Paul Lowe (1998), aseguran que “... lo único que cura es el amor; no las técnicas”.

 

 

(4) Descripción y exploración de la consciencia "superior".-

 

La psicología humanista -y también la transpersonal- aceptan la existencia de un amplio espectro de estados de consciencia. La consciencia óptima se considera como un estado considerablemente más amplio que la consciencia normal y potencialmente accesible por cualquiera que trabaje en ello seriamente. Existiría entonces un estado de consciencia "superior" que posee todas las propiedades y potencialidades de los estados inferiores, más algunas adicionales (Ornstein, R.E., 1975).

 

La implicancia más importante de este supuesto es que la realidad que percibimos refleja el nivel de consciencia de quien la percibe; y, consecuentemente, no se puede explorar la realidad sin hacer al mismo tiempo una exploración de nosotros mismos -no sólo porque somos, sino también porque creamos la realidad que exploramos- (Walsh y Vaughan, 1980). La exploración puede ser realizada por el iniciado en técnicas meditativas, o bien por quien mediante un profundo y disciplinado trabajo sobre su personalidad logra liberarla de automatismos y alcanza niveles de consciencia cada vez más amplios y sutiles.

 

 

(5) Un nuevo concepto de la sabiduría.-

 

El conocimiento que Occidente valora es aquel que es adquirido fundamentalmente mediante el trabajo del hemisferio izquierdo, en los centros de formación acreditados como tales por cada cultura. Oriente aporta un concepto de conocimiento o sabiduría novedoso para el occidental. Aún cuando los grandes maestros orientales conocidos en Occidente suelen caracterizarse por un alto grado de erudición en las más variadas gamas del saber, lo que los define como sabios no es sólo ese tipo de conocimiento. Ouspensky, en su libro Psicología de la Posible Evolución del Hombre (Ouspensky, P.D., 1954) describe el nivel de consciencia perfecta, que él denomina Consciencia Objetiva. El hombre que lo alcanza conoce “la verdad entera sobre todas las cosas, puede estudiar las cosas en sí mismas, el mundo tal cual es”. Otros denominan "iluminación" a este estado. En este estado de consciencia superior se trascienden las dicotomías usuales de la mente, accediendo así a a la realidad en forma directa. En palabras de Jesús que Paul Lowe (1998) interpreta como refiriéndose a ese estado, “en el Reino de los Cielos el tiempo no existirá”.

 

El psicoterapeuta occidental es un pobre remedo del Maestro oriental. El Maestro es un ser que, por su calidad de evolucionado, encarna la máxima aspiración del discípulo. Con su sabiduría, su nivel de consciencia, su amor, su compasión y su energía, puede guiar al aprendiz por el camino del despertar. En general, las tradiciones orientales plantean que, sin maestro y sin enseñanza, la iluminación es imposible. La devoción con que los discípulos orientales tratan a sus Maestros es también un reflejo del reconocimiento que éste hace de la divinidad que hay en su Maestro.

 

Muchos occidentales han seguido los pasos de diversos Maestros ajenos al cristianismo. Desde principios de este siglo, cientos de miles de buscadores han seguido las enseñanzas de maestros ya fallecidos físicamente, como Buda, Lao Tsé o Krishna; y también vivos, como G. I. Gurdjieff, Ramana Maharshi, Paramahansa Yogananda, Satyananda, J. Krishnamurti, Chögyam Trungpa, Maharishi Mahesh Yogi, Gurú Maharaji, Oscar Ichazo o Bhagwan Shree Rajneesh.

 

Si bien el concepto de “iluminación” o “despertar” es polémico -en cuanto no podemos comprenderlo racionalmente- y da pauta a todo tipo de interpretaciones y deformaciones, lo que sí podemos percibir en forma intuitiva es un estado de consciencia expandido. La expansión de la consciencia es algo que al menos los buscadores han experimentado y pueden reconocer en alguna medida afuera, en otra persona. Puede decirse que, para el terapeuta transpersonal, son menos importantes su currículum o sus técnicas que su estado interno de consciencia.

 

 

HISTORIA DEL MOVIMIENTO HUMANISTA-TRANSPERSONAL EN CHILE[1]

 

Por largos años, el movimiento de la Psicología Humanista y/o Transpersonal en Chile ha permanecido disperso en grupos de trabajo, estudio y/o búsqueda interna, consultas terapéuticas o movimientos espirituales. Intentaremos hacer algo de historia -en el entendido de que, en este contexto, nuestra recopilación no intenta ser final ni acabada-. Existen lagunas en la historia de nuestra profesión en Chile que, aun cuando es reciente, depende de la memoria y de la perspectiva de quienes la vivieron directamente.

 

Nos referiremos, en primer lugar, a las instituciones formales de enseñanza: las Universidades. El primer Director de la Escuela de Psicología de la Universidad Católica de Chile fue el sacerdote Eduardo Rosales; su sucesor en el cargo es el también sacerdote Hernán Larraín, filósofo jesuíta con estudios en Alemania, quien asume la tarea de reestructurar la Escuela. Larraín había tenido contacto con Binswanger, con la fenomenología y con los psicoanalistas culturalistas -especialmente Karen Horney-; trae al Dr. Candiani, quien formó la cátedra de psicoterapia -con diferentes enfoques-. Candiani, a su vez, trae al psicólogo de nacionalidad venezolana Fernando Acuña Osorio -psicoanalista-, quien desarrolla por primera vez en Chile la línea Centrada en el Cliente de Carl R. Rogers en 1955, 1956.

 

Mario Morales, quien era profesor en la Escuela de Psicología a principios de los 60 y que había conocido a Rogers a través de libros traídos por Fernando Acuña, comienza a incorporar en sus clases de Orientación Vocacional las ideas de consejería no-directiva de Rogers -enseñando, en realidad, las bases de la psicoterapia-. A inicios de los 70 se generan los cursos experienciales de Técnicas no-directivas I y II para entregar herramientas de trabajo con grupos, en el ámbito clínico y organizacional, los que también quedan a cargo de Mario Morales. Este incorpora en estos cursos las enseñanzas de Truax y Carkhuff, seguidores de Rogers que tienen gran importancia por su trabajo en el entrenamiento de las habilidades terapéuticas.

 

También se implementaron en esa época los cursos de Relaciones Humanas I, II y III, con el fin de formar facilitadores de grupos en el enfoque Humanista; inicialmente, éstos estuvieron a cargo también de Mario Morales, quien después incorporó a Rafael Estévez y a Cecilia Avendaño. En el año 1976, el profesor Morales incorpora el enfoque Rogeriano en la educación -Perspectivas Rogerianas en la Educación-, en el Magister en Educación ofrecido por la Universidad Católica.

 

En el enfoque Humanista netamente clínico, la Escuela de Psicología de la Universidad Católica contó en la década de los 70 con Jaime Boetsch en la enseñanza de la psicoterapia centrada en el cliente. A partir de 1972, Alex Kalawski, profesor del curso de Introducción a la Psicoterapia, crea los cursos de Psicoterapia Integral, en los que se entrega formación en el enfoque Humanista mediante seminarios teóricos, grupos de encuentro y supervisión de pacientes tratados en el Consultorio de la Escuela. Se integran al equipo como ayudantes -y posteriormente como profesores- Hernán Contreras, Virginia Espinosa, Frida Ringler, María Inés Winkler y Carlos Zalaquett y, en un tiempo posterior, Verónica Bagladi.

 

Los profesores del equipo de Psicoterapia Integral dictan además otros cursos optativos, como Psicoterapia Gestáltica y Técnicas de Imaginería en Psicoterapia; dirigen numerosas Tesis, dictan cursos de extensión, participan en Congresos y escriben artículos. De esta manera crean, dentro de la psicología académica (y durante los años de la dictadura), un espacio importante para la enseñanza y el desarrollo de las diversas corrientes de la psicología humanista.

 

Lola Hoffman y Claudio Naranjo son también un importante aporte extracurricular a profesores y alumnos de la Escuela. Lola Hoffmann trabaja por su lado, creando lentamente un grupo masivo de seguidores de sus enseñanzas: entre ellos, Soledad Gatica, Ruby Dussaillant, Virginia Espinosa, Marta Hermosilla y Viola Espínola. Lola y Claudio se encuentran quizás por primera vez en el primer trabajo de este último, el Servicio de Medicina Psicosomática del Hospital del Salvador, creado por el Dr. Torreblanca. Claudio aún no se recibía de médico, pero había hecho el curso de Psiquiatría y había aprendido la técnica del ensueño dirigido de Desoille, que Lola Hoffman ya utilizaba -ella había llegado a la Clínica un par de años antes que Claudio, habiendo aprendido en Europa este método-.

 

En la Universidad de Chile, Psicología era, hasta 1960, un Departamento dentro del Instituto Pedagógico, y el Jefe de este Departamento era don Manuel Poblete Badal, quien había sido designado como tal en Noviembre de 1960 por el entonces Decano del Instituto, Eugenio González. A principios de 1961, este Decano -y también el Rector de ese tiempo, Juan Gómez Millas- solicita a Manuel Poblete asumir la Dirección de la Escuela de Psicología -a punto de formarse a partir del Departamento de Psicología -proyecto largamente deseado-. Manuel Poblete asume entonces el cargo de Director de la Escuela de Psicología de la Universidad de Chile en Agosto de 1962.

 

El Director Poblete llama entonces a su ex alumno, Héctor Fernández Provoste, por entonces recién titulado -Héctor estudió Psicología siendo sexagenario- con el fin de organizar una cátedra de Técnicas de Tratamiento Psicológico. Éste organiza entonces su cátedra inspirado especialmente en Karen Horney -a quien conoce personalmente- convocando a diversas otras personas. Sin embargo, en 1964 ocurren diversos problemas internos en la Universidad de Chile, y Manuel Poblete renuncia a la Dirección de la Escuela de Psicología, cargo que entonces asume el psiquiatra Gustavo Vilas, quien decide tomar una serie de medidas que generan fricción con el alumnado.

 

Un activo Centro de Alumnos de la Escuela -presidido por entonces por Leonardo Villarroel- logra que se reestablezca como asignatura, en el currículum de la Escuela de Psicología, el ramo de Técnicas de Tratamiento Psicológico. A mediados de los setenta, el Prof. Salvador Cifuentes G. inicia, dentro de ese curso, una sección dedicada a la terapia de Carl Rogers. Su primer ayudante fue Leonardo Villarroel, a quien se agregaron posteriormente Gabriel Reyes y, en 1975, Alberto Iturra y Alejandro Celis. Desde 1976, G. Reyes fue el profesor titular de la Cátedra, con los dos últimos como ayudantes.

 

El profesor Reyes mantuvo este puesto hasta 1995, centrando sus contenidos en los desarrollos iniciales y recientes del enfoque centrado en el cliente -ahora llamado Psicoterapia Experiencial, cuyo principal exponente es E.T. Gendlin-. A fines de los setenta se incorpora a la docencia de la Escuela la Prof. Marta Nepomneschi, quien formó a varias generaciones de estudiantes en el enfoque guestáltico. En 1979, tanto M. Nepomneschi como A. Iturra -y cantidad de otros profesores- son despedidos por una Universidad intervenida por el régimen, la cual desde entonces y por muchos años dificulta en extremo la realización de cualquier tipo de Taller o Curso con metodología experiencial.

 

Tanto Gabriel Reyes como Alejandro Celis fueron también despedidos, pero lograron revertir la medida. Desde sus inicios como docente, este último intenta integrar las otras corrientes que conforman la “Psicoterapia Humanista”, dirigiendo Tesis de Grado y Cursos que exploran las técnicas corporales y el enfoque Transpersonal. Quizás el primer curso de este enfoque en una Universidad chilena fue un Taller de Psicología Transpersonal, dictado en el 2º semestre de 1977 por A. Celis, quien además dictó cursos de Gestalt, Meditación y técnicas de trabajo corporal hasta su renuncia a la Universidad de Chile en Marzo de 1985.

 

Los psicólogos comenzaron a reunirse como gremio en los sesenta. Antecedente del actual Colegio de Psicólogos de Chile (A.G.) es la Asociación de Psicólogos de Chile, en la cual participaba gran cantidad de profesionales, y cuyo Primer Presidente fue Emilio Gómez Sáez[2]. En esos años, Héctor Fernández y su esposa Cristina Lorenzen generan paralelamente la Fundación Fernández-Lorenzen o Instituto de Psicología Aplicada, el que con el tiempo se convertirá en alero para Oscar Ichazo, fundador del Instituto Arica -ambas instituciones funcionaron igualmente en Bellavista 185-.

 

El interés por continuar el movimiento del desarrollo del potencial humano se expresa también en la creación del Instituto de Antropología Médica, bajo el alero del destacado Profesor de Fisiología de la U. de Chile, el Dr. Hoffman (marido de Lola). En este Instituto, la palabra Antropología es usada en su sentido más amplio, dando espacio a diversas exploraciones en torno a lo humano. Así por ejemplo, se realizan exploraciones del potencial de desarrollo personal del baile, a través de la Biodanza desarrollada por Rolando Toro, quien posteriormente va a Brasil, donde funda un movimiento con numerosos seguidores.

 

En la Clínica Psiquiátrica de Santiago laboran a fines de los sesenta un grupo pionero de Psiquiatras -Adriana Schnake, Arturo Mardones, Pedro Politzer, Rafael Vergara, María Cristina Delgado, Sonia Abovich y otros- quienes posteriormente se ven influenciados por los contactos con el Dr. Claudio Naranjo, recién formado en Gestalt con Fritz Perls en el Instituto Esalen de California.

 

Más adelante, Claudio organiza el grupo S.A.T. (abreviación de Seekers After Truth, Buscadores de la Verdad)[3], con algunas de estas mismas personas, más su propia madre, Lola Hoffmann, Albert Steinberg, Ximena Sepúlveda, Vilma Hänig, Ruby Bindhof y otros. El proceso de trabajo con el S.A.T. -como es de suponer- influye profundamente la cualidad del trabajo que se realiza en la Clínica Psiquiátrica en esos años. La incorporación posterior de los psiquiatras Héctor Bazán y Jorge Sapiaín -ayudados por el trabajo previo de los demás- cataliza la creación del Hospital Diurno de la Clínica, con una orientación marcada por estas influencias.

 

El Proceso Fischer-Hoffman también constituye un importante hito en las terapias que se realizaban en los setenta. El creador de esta terapia -Bob Hoffman- fue popularizado por Claudio Naranjo, quien le ayuda a darle forma grupal. Claudio incorpora al trabajo del SAT el Proceso del Fischer, en el cual los más conocidos especialistas de nuestro medio formados en esos años -y quienes quizás más se dedicaron a ese trabajo, además del propio Hoffman- son Arturo Mardones, Eleodoro Ortiz de Zárate (conocido como Doro), Armando Molina y Rafael Vergara.

 

El primer libro de Fritz Perls (Sueños y Existencia) en publicarse en el país sale a la calle en 1970, con el sello de Cuatro Vientos Editorial cuyos socios fundadores fueron Adriana Schnake y Francisco Huneeus. A la fecha, esta Editorial se ha convertido en la fuente más importante de libros ligados al movimiento Humanista en el país, habiendo publicado decenas de volúmenes referidos a Gestalt, P.N.L., ecología, uso razonable de los recursos y cantidad de otros temas.

 

Entre 1975 y 1980 funciona el Centro Psicológico el Trovador[4], iniciado por los psicólogos Ana María Noé, Gonzalo Pérez y Ada Contreras, quienes trabajaban creativamente con técnicas inspiradas en el Instituto Arica y la Gestalt. En 1976 y en años posteriores se les unen Leonor Bernales, Alejandro Celis, Alberto Iturra y Odette Schwartz. El espíritu del Centro fue profundamente innovador y exploratorio de nuevos estilos y dimensiones, atrayendo a numerosos buscadores que se nutrieron de ese espíritu pionero.

 

En el ámbito místico, los sesenta y los setenta fueron pródigos en movimientos que buscaban recorrer sus propias vías de desarrollo. J. Krishnamurti visitó Chile en varias ocasiones, así como Oscar Ichazo -quien formó el Instituto Arica precisamente en esa ciudad del Norte-; paralelamente, la técnica de la Meditación Trascendental era enseñada a cientos, a miles de personas que, de ese modo, tenían acceso al sabor de la técnica de trascendencia quizás más antigua. También han estado presentes, desde muchos años atrás, las artes marciales orientales -y en ciertos casos, también el espíritu original en que se basan-. El místico Paul Lowe ha visitado Chile en cuatro ocasiones, así como diversos guías y maestros Sufis -entre los cuales quizás el más conocido ha sido Yakzán, inolvidable guía de cantos y bailes en alabanza a lo Supremo-.

 

Se puede decir que, en el ámbito místico, los setenta estuvieron dominados por Silo (La Comunidad), el Gurú Maharaji y el Instituto Arica; los ochenta, por el movimiento dirigido por el Maestro Bhagwan Shree Rajneesh; y al parecer, los noventa tendrán el predominio del Budismo.

 

 

 

 

COMENTARIO FINAL

 

Hemos revisado los orígenes y los conceptos fundamentales que están a la base de la Psicología Humanista y la Psicología Transpersonal. A ambas se las conoce como Tercera y Cuarta Fuerza, respectivamente. Aunque sus teóricos y seguidores las definan como movimientos diferentes, sus semejanzas son más notables que sus diferencias. A ambas las une una concepción del hombre particular, y se caracterizan por buscar la integración armoniosa a través de una expansión de los límites en que las psicologías tradicionales han circunscrito al ser.

 

A nuestro entender, la Tercera y Cuarta Fuerzas se presentan con una concatenación casi inevitable. Autores vinculados a lo transpersonal -como Ken Wilber (1982)- han planteado que la ciencia que hoy se conoce con el nombre de psicología es la más antigua de las ciencias. Ha existido a través de los tiempos bajo diferentes nombres, y se ha manifestado tanto en el arte como la religión. Para Ouspensky, la psicología es "el estudio de la posible evolución del hombre". Con el concepto de evolución, la psicología transpersonal trae al espíritu e ilumina con él el trabajo psicológico. La Tercera Fuerza, con su rebeldía respecto de los modelos rígidos y su apertura a nuevas experiencias, prepara el terreno para que luego, gracias a la sincronía con hechos políticos y sociales de orden mundial, se produzca un matrimonio de ideas y algo más entre Oriente y Occidente. Algunos autores ven en este proceso una manifestación más de lo que estaría ocurriendo a todo nivel en la humanidad. Si los humanistas son los responsables de la "democratización" de la psicoterapia, los transpersonales lo serían de su "espiritualización".

 

 

 

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[1] Agradecemos encarecidamente el tiempo que nos brindaron los psicólogos Manuel Poblete Badal y Mario Morales Vergara y el psiquiatra Arturo Mardones para ayudarnos a establecer esta cronología de eventos.

[2] Esa Directiva estaba formada por don Luis León, Rogelio Benavente, Enrique Valenzuela, Héctor Pauchard e Isidoro Neves. Recién el 9 de Diciembre de 1968 es publicado en el Diario Oficial la constitución del Colegio de Psicólogos. El grupo de profesionales que había trabajado por esa causa nombra a Héctor Fernández Provoste como su primer Presidente y socio Nº1, en reconocimiento a su facilitación de esta gestión -a través de su profesión de abogado y sus contactos con el Senador Musalem-. El socio Nº2 y Vicepresidente fue Carlos Descouvieres y el Nº3, Manuel Poblete. El resto de la primera Directiva del Colegio estuvo integrada por Salvador Cifuentes, Juan Iturriaga, Vera Kardonsky, Jaime Oxley, Jorge Echeverría y Sergio Guzmán, y tuvieron su Sede en Bellavista 185, casa de propiedad de Héctor Fernández.

[3] El Dr. Naranjo describe con mayor detalle los orígenes del grupo SAT en el Capítulo 8 (Nota del Editor).

[4] En la calle El Trovador 4304, Las Condes, Santiago. Nos pareció adecuado e inspirador utilizar el nombre de la calle para el Centro.